El estudio de la genética ha transformado por completo la manera en que entendemos la vida. Gracias a ella sabemos cómo la información se transmite de una generación a otra, cómo cambian y evolucionan las especies con el tiempo y, además, hemos podido descubrir las causas de muchas enfermedades que antes no tenían explicación. Su desarrollo ha significado un enorme avance para la salud y el bienestar de las personas.
En relación a las epilepsias, el avance en este campo ha sido significativo, pasando de las simples sospechas de herencia familiar en la primera mitad del siglo XX, a la identificación del primer gen mutado relacionado a esta enfermedad en 1995, hasta los cerca de dos mil genes que se han descubierto a la fecha.
¿Qué epilepsias son heredables? ¿En qué pacientes es necesario este tipo de estudios? ¿Qué beneficios trae para los tratamientos? Te invitamos a leer este artículo, pensado para responder estas y otras preguntas, y para ayudarte a comprender de manera sencilla un tema que puede parecer complejo, pero que es fundamental conocer.

El origen
Uno de los errores más frecuentes – explican en el ámbito médico- es pensar que si algo tiene origen genético quiere decir que fue heredado de alguno de sus progenitores. Lo que inevitablemente terminará en un sentimiento de culpa, ya que la mitad del material genético que tenemos los seres humanos proviene de la madre y la otra mitad del padre
Sin embargo, el avance de la ciencia ha permitido establecer que la mayoría de los “defectos” genéticos que causan las epilepsias se producen en el momento de la fecundación y la formación del cigoto. Es decir, son mutaciones nuevas o denominadas “de novo”, que no eran parte de la herencia genéticas de los padres.
Por otra parte, la heredabilidad de una epilepsia va a depender del tipo de mutación genética que tenga el paciente. Si bien el porcentaje global de heredabilidad es relativamente bajo, oscila entre el 5 y 10%, es muy sensible al tipo de mutación.
Así lo explica el Dr. José Marín, neurólogo infantil y especialista en epilepsia y genética, quien sostiene que “los pacientes que tienen epilepsias generalizadas, con crisis tónico-clónica o entre las epilepsias de ausencia infantil o mioclónica juvenil, la posibilidad de heredar llega a alrededor de un 10% de los casos.
En tanto, en las epilepsias focales, esta probabilidad baja al 5%. Sin embargo, hay otros genes mutados más específicos, que no son heredados de los padres, pero que sí pueden pasar en alta posibilidades a la descendencia, llegando hasta un 50%”. Entonces, tomando todas las epilepsias: ¿qué tan frecuentes son las de origen genético? Según un estudio realizado en 2024 comparando datos de 15 centros de atención neurológica de Latinoamérica, se estableció que en Chile la primera causa de epilepsia son las llamadas “estructurales” (producidas por lesiones, infartos cerebrales, traumatismos, malformaciones, tumores, etc.) con un 49,4%, seguidas de las de “causa desconocida” con un 30,6%, y, en tercer lugar, vienen las genéticas con un 14,5%.

Los beneficios: diagnóstico certero, tratamiento de precisión y pronóstico
Como hemos visto, el estudio de la epilepsia desde la genética ha permitido comprender mucho mejor esta enfermedad, que se origina en uno de los órganos más complejos del ser humano: el cerebro.
Uno de los principales beneficios de este enfoque es la posibilidad de identificar los genes involucrados y llegar a un diagnóstico más preciso. Esto es especialmente valioso en las epilepsias más complejas, donde pacientes y familias pueden pasar meses consultando a distintos especialistas y realizándose numerosos exámenes antes de conocer la causa de sus síntomas.
Además de identificar la causa y determinar si la epilepsia es heredada, producto de una mutación de novo o adquirida después del nacimiento, este enfoque abre la puerta a una gran ventaja que marca la diferencia: el tratamiento de precisión.
Para el Dr. Reinaldo Uribe, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Sótero del Río y director de la Liga Chilena contra la Epilepsia, “lo más interesante de estudiar genéticamente a los pacientes es enfocar el tratamiento específicamente según el tipo de gen mutado”. “Al obtener la información sobre cuál es el gen mutado, se abre un abanico de opciones que antes no se tenía disponible: se puede buscar en las bases de datos ya existentes qué medicamento anticrisis y en qué dosis funciona mejor, se abre la oportunidad de utilizar otros fármacos que no son para la epilepsia, pero que ahora sabemos que ayudan a controlar las crisis en algunas mutaciones o también está la posibilidad de usar suplementos de algunos nutrientes, como complemento al tratamiento farmacológico y maximizar la reducción de crisis. Por ejemplo, hay algunas mutaciones que funcionan muy bien con la terapia cetogénica, o el uso de creatina o la D-galactosa”, explica el Dr. Uribe.
En este sentido, contar con la posibilidad de indicar un tratamiento específico según el gen mutado permite no solo lograr un mejor control de las crisis, sino también reducir la cantidad de medicamentos necesarios y evitar hospitalizaciones frecuentes.

Finalmente, conocer el origen genético de la epilepsia también permite contar con información más precisa sobre su pronóstico, su posible evolución y la gravedad esperada.
¿Quiénes son candidatos a un estudio genético? Un punto importante a tener en cuenta es que no a todos los pacientes se les recomienda realizarse estudios genéticos. La decisión debe basarse en un análisis de costo-efectividad por parte del neurólogo tratante, quien evaluará si las características clínicas de la epilepsia hacen más probable obtener un resultado positivo en este tipo de estudios.
“Por ejemplo, si le indico a un paciente con una epilepsia de ausencia infantil clásica que se realice un estudio genético para buscar una causa, es muy probable que no encontremos nada, ya que la tasa de resultados positivos es menor al 3%. En cambio, en pacientes con Síndrome de Dravet, la probabilidad de identificar una causa genética se acerca al 90%”, explica el Dr. Marín.
Por su parte, el Dr. Uribe complementa señalando que “la primera señal para indicar el estudio genético, es cuando el paciente tiene alguna dismorfia (más conocidas como malformaciones físicas), como es el caso del Síndrome de Down. La segunda es cuando una persona tiene una epilepsia particularmente refractaria (que no responde a los medicamentos) sin causa específica identificada, y aquí se indica el estudio genético con el objetivo de ofrecer otro tipo de tratamiento”. En general, entre las características clínicas que pueden dar luces para indagar sobre una causa genética están las epilepsias de inicio neonatal o infantil temprano, las encefalopatías epilépticas y algunos síndromes epilépticos bien definidos con base genética conocida, como los espasmos infantiles con resonancia de cerebro normal, el Síndrome de Dravet, el Síndrome de Rett, entre otros.
Cómo manejar los resultados
Como ocurre con cualquier examen, los resultados de un estudio genético pueden traer tanto buenas como malas noticias. También pueden ser negativos o arrojar un resultado de significado incierto, es decir, identificar un gen alterado sin saber con certeza si es el responsable de la enfermedad.
En cualquier caso, es fundamental que el paciente y su familia manejen adecuadamente las expectativas y cuenten con el apoyo por parte del equipo médico, para poder comprender y procesar la información que se está recibiendo.
El primer paso tiene que ver con la interpretación de los resultados, lo que en general debería realizarlo un neurólogo con experiencia en este campo. En casos más complejos, por ejemplo, cuando se identifican variantes de significado incierto, suele ser necesario complementar el análisis con la evaluación de un genetista.
Sin embargo, es importante comprender que el estudio genético es un proceso complejo. No siempre una epilepsia se debe a un solo gen; a veces, un grupo amplio de genes distintos puede causar el mismo tipo de epilepsia. Del mismo modo, un mismo gen alterado puede dar origen a varios síndromes diferentes.
Hace unos 10 años, cuando partió el estudio genético, solo en alrededor del 10% de las epilepsias era posible tomar alguna acción concreta. Hoy en cambio, tener la confirmación genética permite tomar decisiones terapéuticas en cerca del 50% de los casos.
Una vez que se tiene toda la información es momento de hablar con el paciente y la familia. “En general, cuando se encuentra un origen genético se produce un cierto alivio en los pacientes y sus familias, sobre todo en aquellos casos que son más complicados y con epilepsias de difícil manejo, ya que pone fin a la llamada “Odisea diagnóstica”, explica el Dr. Marín.
“Decirles que su enfermedad tiene un nombre y que no son los únicos, hace que las personas ya no se sienten tan solos en esto”, agrega.
No obstante, también es posible que los resultados entreguen noticias difíciles, especialmente cuando se identifica uno de los llamados “genes malos”. En esos casos, sabemos que el paciente podría presentar una progresión más rápida de una enfermedad degenerativa, un envejecimiento acelerado y, en muchos casos, una expectativa de vida reducida, comenta el Dr. Uribe. “Es una información difícil de dar y también de recibir, por lo que debe comunicarse con mucho cuidado. En esos casos, suelo decirle que el resultado no fue favorable y profundizo la información según la comprensión y requerimientos del paciente y su familia”, señala el Dr. Uribe. En este tipo de casos, la situación suele vivirse como un proceso de “duelo”, por lo que es muy importante contar con apoyo psicológico.
Tipos de estudios genéticos Panel genético: Prueba que analiza únicamente un conjunto específico de genes conocidos. Costo aprox. $500.000 Exoma: Analiza todas las regiones codificantes del genoma, es decir, los exones, que representan alrededor del 1–2% del ADN, pero contienen cerca del 85% de las mutaciones causantes de enfermedades. Costo aprox. $600.000 Genoma Completo: Es la prueba más completa y costosa, secuenciando todo el ADN de una persona. Costo aprox. $4.000.000
El futuro: Terapia génica Técnica aún en fase experimental que busca corregir el defecto genético con el objetivo de tratar y potencialmente curar la enfermedad. Consiste en diseñar un virus modificado que puede ingresar al sistema nervioso y transportar el material genético que se desea reemplazar. De este modo, se intenta realizar una forma de “edición” o corrección del ADN en las neuronas.




